Maravillado se encuentra el equipo de investigación de Sandeces! con la preciosa oda a la buena música que estamos contemplando en el mediático mundial de fútbol de Sudáfrica (al sud de ífrica). Y es que ha tenido que ser en este continente, cuna de la humanidad, en donde la música toque el cielo en su máxima expresión.

íˆmile de Vuvuzí¨le, francés afincado en Melilla pero nacido en Carrión de los Condes (Francia) destacó desde muy pequeño como gran luthier, sin embargo no fue hasta la estatura de un metro sesenta y cuatro cuando sus investigaciones tocarí­an techo (en Melilla los techos son realmente bajos) con la invención de un potente instrumento de viento-plástico capaz de regalar una única nota a los oyentes, pero de una tonalidad y un timbre jamás escuchado antes.

La vuvuzela (nombre en honor a su inventor) funciona, como otros instrumentos de viento-metal o viento-madera, gracias a la propagación de aire y salivilla por un tubo cóncavo-convexo con apertura menor en un anverso y apertura mayor en el reverso y viceversa.

El viento, en combinación con la susodicha salivilla se desplaza por el tubo en un movimiento armónico espiráleo, impregnándose la mayor parte de la saliva en las paredes del tubo resonante y saliendo el viento por la boca de resonancia, momento en el que, gracia a la vibración de los labios del músico (o player), se obtiene un apasionante y bello sonido, onomatopeyable como:

Pí“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“í“!

Esta increí­ble nota musical no deja indiferente a nadie, muestra de ello la tenemos en las conversaciones sobre este mundial de fútbol, donde la vuvuzela provoca expresiones de maravillamiento como “¡JODER!”, “¡Oh Dios!”, “¡AAAAHHHH!”, “¡Madre mí­a!, no oigo otra cosa que no sean las vuvuzelas”…